En Regla

Stier Ventrovich era una artista plástica austríaca que tuvo un breve reconocimiento hacía mediados del siglo XX. Era una mujer delgada y seductora; sus ojos eran azules, casi grises, como un cielo a punto de romper en llanto; la piel blanca no la dejaba disfrutar el sol y el dolor de haber tenido una vida dura y precoz estaba marcada en su carácter, fuerte e impredecible. No es un detalle menor que haya sido artista.

Supo ganar algunos premios de poca repercusión y fue halagada por haberse negado a recibirlos. Nunca fue una señorita de sonrisa continua o de buenos modales
-no hay que juzgarla, podía no tenerlos, la vida había sido cruel con ella, sus padres habían muerto en la Gran Guerra, y su abuela era una anciana con mañas socialistas y suicidas-.
Jamás se le conoció noviazgo alguno ni amistades duraderas.

Apenas tenía 25 años y sólo se le conocía una amiga que había muerto de una extraña enfermedad.
Sólo una vez asistió a una fiesta que el débil ejército del ex imperio alemán organizó para agasajar a algunos artistas de la nación, suponiendo que éstos iban a concretar la resurrección de la patria germana.

Stier había decidido ir al deslucido Palacio de la Victoria para comer algunas ostras y beber el buen vino que hacía tiempo no probaba. La sala estaba llena de burgueses roñosos y algunos pocos adinerados que acusaban tener cuentas bancarias escuetas para que la mayoría pobre no se preocupara en robarles.


Una señora de pelo marrón y voluminoso llamada Baladina Clarstein se le acercó a la joven y le preguntó si ella era la artista plástica que suponía. Stier asintió y no le dio demasiada importancia. Baladina la comenzó a alabar y le habló de su amor por la pintura. La muchacha sonreía y carcajeaba por dentro, tenía ganas de escupirle en la cara ese vino dulce. Sin embargo, en un momento se le ocurrió una brillante idea e inició conversación con la señora.

Pasaron las horas y Baladina no paraba de ostentar su oculta riqueza, y se reía de los pobres que fueron a la guerra. Ella sentía que su destino estaba en Norteamérica, y que allí sí se entendía la riqueza. Luego de un rato le dio su tarjeta, saludó con gusto y se alejó. Su carruaje la esperaba en la puerta. Stier se mordía del odio hacia esa mujer que poco conocía, pero que detestaba a ultranza en razón de segundos. En su cabeza ya
tenía el plan.

La vieja burguesa le había pedido que le dibujase algo, lo que sea, pues quería tener un cuadro para colgar y mostrarlo a sus mugrientas amigas. Pasaron los días y finalmente Stier se decidió a hacer el dibujo. Lo pensó durante largos minutos en el baño hasta que se rió y se dio ánimo."Qué más vas a perder", se dijo y cortó un cartón blanco y húmedo que tenía por ahí. Limpió un poco el suelo, puso el material grueso en el piso, se levantó la pollera, se sacó la bombacha rosa, se sentó arriba del cartón y comenzó a frotar. Luego de unos minutos se levantó y observó el charco rojizo que había dejado allí. Se rió nuevamente, trajo el pincel y empezó a pintar un paisaje sobre su sangre de mujer.

A las cinco horas lo tenía terminado, la pintura era bastante insignificante, lo sabía, pero lo que importaba era con qué materia prima lo había realizado. Luego dejó secar la pintura, tomó un abrigo, metió la obra recién hecha dentro de una bolsa enorme y negra y emprendió el rumbo hacia la casa de Baladina.

Llegó a la casa, golpeó la enorme puerta, la atendió la sirvienta (de nombre Ida) y le dijo que venía a ver a la señora de la casa. Ida le dijo que no se encontraba, pero que si quería la podía esperar ya que no iba a tardar tanto. Stier dijo que no y le dejó el obsequio a la sirvienta para que se lo dé a Baladina.

La muchacha se sentía feliz, percibía que la vieja nunca se iba a dar cuenta que ese color rojizo que contenía la pintura no era un color cualquiera. Era su color, era el rojo de su odio y el rojo que apareció en su adolescencia. Mucho tiempo después, supo que Baladina puso en un cuadro aquella pintura y la colocó en el comedor de su enorme casa...
El Linaje menstrual de Stier es un miembro más de esa aburguesada familia.

4 Malditeces:

el_iluso_careta dijo...

exquisito relato...che...

rocha dijo...

sos groso pibe, sabelo.
muyy bueno!

una mujer indispuesta es capaz de hacer cualquier cosa...somos inimputables en ese estado, digo, una autodefensa...jeje

salud y
feliz domingo!

Zeb dijo...

Me gustó mucho la forma de relatar el hecho...

Te va atrapando y hace que uno quiera seguir leyendo.

Abrazo!

Willowcita dijo...

te pusiste serio?
ah volvi pendex